miércoles, 6 de julio de 2011

Pajarillos Abrasados

6 de julio de 2011
www.diariodelpuerto.com

Por Miguel Jiménez

Recientemente estuve en una casa rural en Murcia que, entre otros atractivos, contaba con una estupenda barbacoa, adosada a un lateral y coronada por una chimenea que sobresalía por encima del tejado. Tres veces utilizamos la barbacoa y en las tres, por desgracia, hubo víctimas.
Encontré la primera después de haber asado chuletas la noche anterior. Por la mañana, mientras limpiaba la ceniza, apareció entre los rescoldos: un pajarillo, chamuscado, el pobre. “¿Por dónde se ha metido?”, pensé.
Dos días después, lo mismo: mientras preparaba las brasas y trajinaba con el pollo y las verduras, a la que fui a la cocina por la paellera, me encontré de nuevo en el fuego otro pajarillo, tieso. No les digo el exabrupto que se me escapó. “Al menos no ha caído en el arroz”, pensé. Y entonces reparé en el verbo caer y miré para lo alto de la chimenea y empecé a comprender.
“¿Y qué le vamos a hacer?”, me comentó el dueño de la casa. “Esto está repleto y cualquier sitio es bueno... En todo caso, con tanto fuego, humo y calor... Para mí que ya no hay problema... Ya no debe haber ahí nada...”
Con cierta inseguridad, al día siguiente comencé a preparar la leña para la parrillada de despedida y, a la que me agaché por más troncos, escuché un agudo piar. Lo encontré en el sitio que, pese a los precedentes, menos podía imaginar. En un rinconcito, otra vez en la barbacoa, aún apagada, se acurrucaba el tercer pajarillo, vivo, hambriento, con las plumas incipientes, desorientado por el golpe. Escuché entonces, ya sí, a la madre, arriba, todavía arriba, en el nido, situado, ya estaba claro, en la chimenea... Menudo sitio.
Dejé al animalillo a la vista, acurrucado entre las hojas secas de una maceta cercana, con la esperanza de que el instinto empujara a su mamá a volverlo a alimentar. No sé qué fue de él. A la mañana siguiente ya no estaba.
En estos tiempos de crisis abrasiva, en medio de esta achicharrante coyuntura en la que las lenguas de fuego devoran competitividades y el humo nubla el futuro y se lleva al abismo cualquier plan de futuro considerado, en su día, razonable, la caída definitiva de un nuevo puerto en el imperioso abismo del empréstito de la Administración central me ha recordado estos días la historia de los pajarillos.
Primero cayó del nido Gijón, golpeado por la lengua de fuego del sobrecoste que tuvo en el relleno de su magna ampliación y salvado de la parrilla -a la que le habían atado cual San Lorenzo- con los 215 millones de euros que a comienzos de 2010 Puertos del Estado decidió conceder a modo de préstamo.
El siguiente ha sido A Coruña, cuya apertura al exterior en Punta Langosteira fue calificada en su día como la mayor obra civil por complejidad y características técnicas jamás desarrollada en España, méritos suficientes para, con el Atlántico como gran enemigo, despeñarse entre las cenizas y las pavesas de estos tiempos infernales. El viernes el Consejo de Ministros acordó el rescate con un nuevo préstamo de Puertos del Estado, esta vez de 250 millones de euros. Tremendo.
Lo sorprendente es que, a tenor de estos sucesos, aún muchos sigan situando el problema en el “desgraciao” que encendió el fuego y piensen que los pájaros no se hubieran achicharrado si no se hubiera usado la barbacoa.
No hay más que escuchar a algunos de los responsables de estas autoridades portuarias y de las administraciones locales aledañas para comprobar que no han entendido nada. Exigen, repito, exigen, el dinero con tanta insistencia e insensibilidad que parece que el que el Estado tenga que cubrir los errores de esa autonomía -que tan bien defienden cuando más les conviene- sea un derecho, incluso inalienable, cuando si el Estado finalmente cede es por un ejercicio de responsabilidad, para no tirar a la basura todo el hormigón ya empleado, no por que se crea sus historias de las maldiciones, las inclemencias y los imponderables, que no son más que las excusas que esconden el no haber sabido hacer las cosas.
Porque, efectivamente, el problema no es que te enciendan en el trasero la barbacoa, el problema es haber construido el nido encima de la chimenea, es decir, sobredimensionar el mercado y colapsar la oferta plantando un megapuerto cada doscientos kilómetros (o 50, que de todo hay) y, encima, pretender sostenerlo con la estructura financiera de un minipuerto. O sea, jugar con fuego... Y quemarse.
Venderle este desaguisado a la ciudadanía, la de fuera, la que no está contagiada del forofismo local, es complicado, sobre todo cuando no se divisa la rentabilidad de los proyectos y uno tiene la sensación de que estos préstamos son tirar directamente el dinero por la borda para sepultarlo en el mar.
No sirve de nada explicar que los puertos se financian con recursos propios, que el dinero que da Puertos del Estado lo tendrán que devolver y que el desaguisado no les saldrá gratis. Tampoco sirve que les hables de la nueva Ley de Puertos y de cómo un puerto, en estas situaciones y hasta que devuelva la pasta, queda oficiosamente intervenido. No hay confianza en estos condicionantes: “Lo pagaremos los contribuyentes, ya lo verás. Ahora no, pero en unos años volverán a estar en apuros, la Administración se prestará a refinanciar la deuda e, incluso, por motivos políticos vendrá otro y la condonará...”, escuchas, te dicen, y no sabes replicar.
Lo peor es que en el nido aún quedan pajarillos, de momento, vivos.
Acurrucado está Cartagena, con su mastodóntico y desconcertante proyecto de El Gorguel. No obstante, el que más pía es Pasajes, desesperado, pues haber definido ya su proyecto no es refugio suficiente para evitar las llamas.
En este caso, los nuevos tiempos postelectorales han alimentado los posicionamientos públicos de quienes, aún habiendo logrado la confianza de la ciudadanía, siguen instalados en ese mundo irreal de las propuestas utópicas, absurdas y jaraneras, ese paraíso de las ocurrencias en el que se vive cuando ni por asomo crees que vas a gobernar. Luego te cae el poder encima y la inercia te lleva a defender no sólo que no se construyan nidos, sino que se acabe con todos los pájaros. Ni ampliaciones de puertos, ni puertos. Al fin y al cabo, negar a una empresa su crecimiento es sencillamente matarla.
Pasajes paga así el peaje de los desmanes vecinos y, aún cuando no ambiciona más que salir al exterior y optimizar y redistribuir espacios, carga con la losa del despilfarro generalizado y, lo más triste, con la incomprensión de quienes hace nada hicieron lo mismo.
Se ha hablado de especulación, de una marina, de centros comerciales, de zonas verdes en el espacio liberado, y se critica con hipocresía y frentismo foral lo que es una oportunidad económica que beneficiaría a todos los ámbitos de la localidad, incluso al portuario.
Piensen que Bilbao hoy no sería Bilbao si el puerto no hubiera encontrado su futuro en la bocana de la ría. ¿Pasajes no tiene ese derecho? Parece, en cualquier caso, que no son buenos tiempos para ejercerlo.
Al final, no todos los huevos son iguales, no todos los pájaros son iguales, no todos los puertos son iguales, aunque todos terminen abrasados.